
Aquella mañana, las mujeres fueron al sepulcro a hacer lo único que les quedaba: honrar a alguien a quien amaban y que ya no estaba.
Iban con el duelo encima y con la decepción de una historia que parecía haber terminado demasiado pronto y demasiado mal. Llevaban especias aromáticas y seguramente el corazón roto. Y se encontraron con algo para lo que nadie estaba preparado.
La tumba estaba vacía. ¡Jesús había resucitado! En ese momento, se movió algo más que una simple piedra: se movió la historia entera. La muerte, que parecía ser la última palabra sobre la vida de Jesús, resultó ser penúltima. Porque en Dios, incluso lo que parece definitivo puede ser transformado.
Pablo lo dice en 1 Corintios 15:20 con esa convicción que no le cabía en el pecho:
«Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron.»
Primicias. La primera de una cosecha que viene. La resurrección de Jesús fue la señal de que algo nuevo y definitivo había comenzado.
Hay situaciones en la vida que parecen definitivas: una relación rota, un sueño frustrado, una puerta clausurada por demasiado tiempo o incluso una parte de nosotros que creemos que ya no puede sanar.
La resurrección cambia totalmente la forma en que cargamos cada una de esas situaciones: Dios tiene poder para transformar lo que parece inamovible. Es, sin duda, una noticia que nos llena de esperanza.
Yo he experimentado eso en mi vida más de una vez. Momentos en los que situaciones que parecían sin salida fueron iluminadas por Dios. Porque Él es el mismo Dios que sacó a Jesús de la tumba.
La resurrección no es solo una idea espiritual, sino un evento que cambió la historia un domingo por la mañana. Y ese suceso sigue siendo el fundamento de todo lo que creemos.
Una fe con resurrección tiene algo sobre qué pararse: la evidencia de que Dios hace lo que dice que va a hacer. Eso cambia cómo oramos, cómo esperamos y hasta cómo nos levantamos después de caer.
En un año lleno de fechas importantes, celebraciones y actividades, Semana Santa nos da la oportunidad de detenernos frente a lo esencial: Jesús murió y resucitó. Una promesa que, al ser cumplida, nos regaló un futuro.
“La muerte es penúltima. Dios tiene la última palabra”. Esa es la noticia que aquellas mujeres corrieron a contar aquella mañana. Y sigue siendo la noticia más importante que podemos llevar con nosotras cada día.