En lo secreto uno se encuentra consigo mismo de una manera muy distinta.
Cuando estamos solos no hay mucho espacio para aparentar. Sale lo que realmente pensamos, lo que nos duele, lo que nos enoja y hasta la forma en que nos tratamos cuando algo no está bien.
Y creo que ahí Dios puede formar mucho en nosotros.
Porque uno puede usar esos momentos para ser sincero delante de Él, pero también puede convertirlos en un lugar donde alimenta lo peor de sí mismo. Podemos juzgarnos, criticarnos, castigarnos y repetir pensamientos que poco a poco empiezan a parecer verdad.
“No puedo”.
“Siempre me pasa lo mismo”.
“No soy suficiente”.
Cuando repetimos algo durante mucho tiempo, terminamos creyéndolo más de lo que deberíamos.
Por eso me parece tan importante lo que la Biblia enseña acerca de renovar nuestra manera de pensar.
Hay ideas que necesitamos detener.
Quizá recibiste palabras duras de tu familia. Quizá alguien te hizo sentir menos, te trató de una manera que no merecías o dejó heridas que todavía hablan cuando estás a solas. Pero lo que alguien hizo contigo no tiene que convertirse en la definición de quién eres.
Podemos romper esa costumbre de tratarnos mal en privado.
Y eso también requiere disciplina.
Para mí, ahí está una diferencia importante entre la disciplina que nace de la presión y la que nace del amor. La presión nos hace exigirnos desde el rechazo. El amor nos lleva a corregir lo que necesita cambiar sin abandonarnos en el proceso.
Eso aplica a nuestros pensamientos, pero también a lo que permitimos entrar cuando estamos solos.
Hoy casi nunca estamos completamente solos. Tenemos un teléfono en la mano, una conversación abierta, un video, una opinión, alguien hablando constantemente. Por eso también necesitamos preguntarnos: ¿quién me está acompañando en mis momentos de intimidad?
No todo lo que podemos escuchar nos conviene escuchar.
Si algo alimenta constantemente el temor, el enojo, la comparación o el menosprecio, tenemos la libertad de apartarlo. Podemos escoger contenido que nos edifique, leer algo que renueve nuestra mente, acercarnos a personas que nos hagan bien y volver a la verdad de Dios.
La Palabra dice:
(1 Juan 4:18).
Yo he creído mucho eso.
Hay momentos donde quizá sentimos que no tenemos una fuente de amor cerca. Pero Dios sigue siendo amor. Y muchas veces Él utiliza a alguien para recordárnoslo: una persona de la familia, un amigo, alguien que aparece en el momento indicado.
Aprender a recibir ese amor también forma parte del proceso.
Por eso creo que la constancia en lo secreto no consiste únicamente en cumplir una rutina. Se trata de aprender a cuidar lo que pensamos, lo que escuchamos y la forma en que nos hablamos cuando nadie más puede oírnos.
Dios trabaja en esa honestidad.
Trabaja cuando reconocemos que estamos tristes. Cuando admitimos que algo nos dolió. Cuando identificamos un pensamiento que no nos conviene y decidimos no seguir alimentándolo.
No necesitamos convertir la intimidad en un lugar de castigo. Puede convertirse en el lugar donde volvemos a la verdad.
Cositas muy mías
He aprendido mucho de esos días donde no tengo tantas fuerzas ni tanto ánimo.
En esos momentos procuro empezar por cosas muy concretas. Respiro lento y profundo. Me levanto y comienzo a actuar. A veces un baño de agua fría me ayuda a activarme, procuro comer bien y busco algo que disfruto hacer para empezar a mover el día.
He tenido jornadas donde venía de resolver problemas, ayudar a otras personas, atender responsabilidades y luego todavía tenía algo diferente que producir. Antes podía pensar: “No puedo ahorita”, y quedarme atrapada ahí.
Con el tiempo aprendí a usar los recursos que tengo.
Si necesito ayuda para enfocarme, la pido. Si tengo muchas cosas en la cabeza, trato de concentrarme en una sola. Si me siento sin fuerzas, no me quedo alimentando esa sensación durante todo el día.
Eso no significa que siempre me sienta fuerte. Significa que he aprendido a no abandonarme cuando estoy débil.
Y en esos días recuerdo algo que me sostiene mucho: Dios puede perfeccionar Su poder aun en nuestra debilidad.


