Hay algo curioso con la manera en que nos miramos: podemos encontrar rápidamente aquello que no nos gusta y pasar por alto todo lo demás.
Vemos una parte del cuerpo que cambió, una marca, unos kilos de más, el cansancio en la cara o algo que quisiéramos diferente. Y la mente se queda ahí.
Creo que también tenemos que aprender a observar cómo nos estamos hablando.
El cuerpo cambia con los años. Cambia después de tener hijos, con el estrés, con las etapas que vivimos y hasta con la manera en que estamos cuidando nuestra salud. Pretender que siempre se vea igual solamente nos puede llevar a una pelea constante con el espejo.
Yo he aprendido que cuidar mi cuerpo también tiene que ver con reconocerlo y tratarlo con respeto.
Eso puede verse en cosas muy sencillas: moverme, alimentarme mejor, descansar, atender mi salud, arreglarme, cuidar mi piel, mi cabello o simplemente dedicarme unos minutos.
No para cumplir con una imagen, sino porque también puedo decirme:
La comparación complica mucho este proceso. Siempre habrá alguien con otro cuerpo, otra edad, otra historia y otras circunstancias. Si vivimos midiéndonos con eso, nunca vamos a terminar.
También creo que tenemos que cuidar lo que nos decimos en privado.
Si constantemente repetimos que estamos feas, que estamos mal, que ya no somos como antes o que nuestro cuerpo no es suficiente, terminamos creyéndolo.
Proverbios 4:23 dice:
(Proverbios 4:23).
Y creo que eso también alcanza la manera en que nos vemos y nos hablamos.
Podemos querer mejorar algo de nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, agradecerlo.
Podemos tener metas de salud sin vivir en guerra con nuestro cuerpo.
Y podemos mirarnos al espejo y aprender a reconocer más que aquello que todavía queremos cambiar.
Después de todo, este cuerpo también ha vivido nuestra historia.
Ha trabajado, ha cuidado, ha cargado, ha atravesado enfermedades, embarazos, cansancio, alegrías y tantas etapas.


