El cuerpo también nos habla

A veces uno entiende la importancia de cuidar el cuerpo solo hasta que el cuerpo empieza a hablar.

Por mucho tiempo podemos seguir adelante, cumplir responsabilidades, servir, trabajar, cuidar a otros y pensar que todo está bien. Pero llega un momento en que el cuerpo va a reflejar lo que realmente estamos viviendo por dentro.

Yo lo entendí en una etapa donde tuve una crisis de salud. Me di cuenta de que había cosas que no estaba atendiendo, emociones que no había procesado y hábitos que necesitaban cambiar. Mi cuerpo me lo hizo saber cuando ya no podía más.

Ahí comprendí de una forma más profunda lo que dice 1 Corintios 6:19: nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo.

“¿No se dan cuenta de que su cuerpo es el templo del Espíritu Santo, quien vive en ustedes y les fue dado por Dios?”
(1 Corintios 6:19, NTV).

No lo entiendo como una presión por vernos perfectos. Lo entiendo como una responsabilidad de cuidar con sabiduría lo que Dios nos confió.


Cuidar el cuerpo no debería nacer de la culpa, de la comparación o de una exigencia externa. Debería nacer de la gratitud: por la vida, por la salud, por las fuerzas, por la oportunidad de seguir presentes para quienes amamos.

Hay personas que esperan estar en una crisis para escucharse. Pero no deberíamos llegar hasta ahí. A veces el cuerpo nos da señales antes: cansancio constante, falta de energía, tensión, malestar, desorden, ansiedad o una sensación interna de que algo no está bien.


Escuchar esas señales es sabiduría.

Cuidarnos físicamente no significa vivir obsesionados con el cuerpo. Tampoco significa abandonarnos. Hay un equilibrio importante. El cuerpo no debe ser un ídolo, pero tampoco algo que dejamos al final de todo.

Se cuida con hábitos pequeños. Con movimiento. Con descanso. Con mejor alimentación. Con horarios más ordenados. Con atención médica cuando hace falta. Con decisiones que quizá parecen sencillas, pero que con el tiempo nos ayudan a vivir mejor.

También creo que hay que cuidar la manera en que nos hablamos.

Compararnos con otros puede quitarnos paz. Exigirnos de más puede cansarnos. Sentir culpa por atendernos puede hacernos creer que cuidarnos es egoísmo, cuando muchas veces es una forma de responsabilidad.

Una persona que se cuida no está dejando de amar a los demás. Al contrario, puede estar aprendiendo a estar mejor para servir, amar, acompañar y vivir con más plenitud.


Hay una frase que me parece importante: puedo ser más útil cuidando mi salud que abandonándome por completo.

Cuando cuidamos el cuerpo, también cuidamos nuestra disposición, nuestra energía, nuestro ánimo y nuestra manera de responder a la vida. A veces un pequeño cambio en la rutina empieza a ordenar otras áreas: el tiempo, la alimentación, el descanso, la mente y hasta el corazón.

Por eso, quizá la pregunta no es solamente cómo me veo, sino cómo estoy viviendo.

¿Estoy escuchando las señales de mi cuerpo?
¿Estoy cuidando lo que Dios me confió?
¿Estoy tomando decisiones desde la culpa o desde la sabiduría?


No necesitamos esperar una crisis para empezar a cuidarnos.

Atendamos lo pequeño antes de que se vuelva más grande. Ordenemos hábitos, pidamos ayuda, descansemos, movámonos, tratémonos con más respeto y recordemos que el cuerpo también forma parte de nuestra mayordomía.

Cuidarse no es vanidad cuando nace de un corazón agradecido.


También puede ser una forma de decir: Señor, reconozco que esta vida viene de Ti, y quiero administrarla con más sabiduría.

Cositas muy mías

He aprendido que los hábitos pequeños también pueden ordenar algo por dentro.

Puede empezar con algo tan sencillo como moverme un poco más, cuidar mejor lo que como, arreglarme, atender mi cabello, mi piel o esos detalles que durante mucho tiempo una puede dejar para después.

Esto me ayudó a verme con más cuidado y recordar que soy digna de hacerlo.

Después de tener hijos, el cuerpo cambia. Eso también lo he vivido. Y he aprendido a mirar esos cambios con gratitud, no con desprecio. Mi cuerpo ha atravesado etapas, ha sostenido vida, ha pasado por procesos y también necesita atención.


Y que cuando me cuido con equilibrio, también estoy honrando lo que Él puso en mis manos.