
Voy a ser honesta contigo: hay temporadas en las que me siento a orar y lo único que he escuchado es el sonido del ventilador de la habitación. Hubo una temporada en la que necesitaba dirección para una decisión importante. Oré, busqué consejo, leí la Biblia con el subrayador en mano esperando que algún versículo saltara de la página como un letrero de neón… Y nada: solo silencio. ¿Te ha pasado?
Si la respuesta es que sí, me alegra que estés leyendo esto. No porque tenga la fórmula (porque no: no la tengo), sino porque creo que hay algo importante que vale la pena conversar.
Cuando Dios guarda silencio lo primero que pensamos es que algo está mal. Que cometimos un error o que quizá nunca escuchó. Pero la Biblia cuenta una historia diferente.
David, ese mismo hombre que escribió los salmos más hermosos de todas las Escrituras, también escribió los más angustiados. Sus preguntas son reales: ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué te has alejado? Y ese mismo David, en Salmos 62:1, escribe algo que me parece fascinante: “En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación”.
David no dice que ya recibió la respuesta, sino que su alma aprendió a quedarse quieta delante de Dios aunque las circunstancias todavía no se hubieran aclarado. Eso es una fe que maduró lo suficiente como para descansar mientras espera.
Hay algo que aprendí con los años —pero que, para ser sincera, no me gustó aprender— es que Dios no siempre responde rápido porque a veces está formando algo en nosotras que la respuesta inmediata no podría formar; sin embargo, la paciencia, la confianza plena y la capacidad de sostener a otras personas en sus propias temporadas difíciles, se desarrollan en la espera.
Con el tiempo entendí que en esas temporadas donde sentía que Dios callaba, yo también estaba siendo formada: mis motivaciones se clarificaban y mis prioridades se ordenaban. Algunas cosas que yo creía indispensables resultaron no serlo tanto.
La obra más importante que Dios ha hecho en mi vida ocurrió en los procesos largos donde lo único que me quedaba era seguir confiando (aunque en ese momento no entendiera nada).
Esta es la pregunta práctica, la que de verdad importa cuando estás en medio del silencio. ¡Y lo peor de todo es que nunca sabemos cuánto durará en esclarecerse!
Lo que a mí me ha sostenido —y cuando digo “sostenido” me refiero exactamente a eso: a no a haber acelerado las respuestas— es mantener las decisiones sencillas: abrir la Biblia aunque no sienta nada especial al leerla. Hablar con Dios con honestidad incluso cuando lo único que puedo decirle es “No entiendo nada, pero aquí estoy”. Congregarme. Servir. Y, definitivamente, no aislarme.
Estas cosas no suenan muy espirituales, pero creo que la fidelidad cotidiana es lo que separa a la fe que resiste de la fe que se rinde cuando las emociones bajan.
Si estás en una temporada así, quiero decirte algo con mucho cuidado: tu historia está activa. Dios conoce el momento correcto para hablar, para abrir lo que todavía está cerrado, para mostrar el siguiente paso. Y mientras ese momento llega, seguir caminando, aunque sea despacio y sin certeza de todo, también es un acto de fe.
Y cuando se trata de fe, la espera también forma parte del avance espiritual.