
Hay relaciones donde el amor está presente y es sincero: hay respeto, intencionalidad y ganas de construir. Aun así, tarde o temprano suele aparecer una frase interna que pesa: “Siento que yo doy más”, y que casi siempre nace de expectativas que nadie dijo en voz alta.
En pareja el amor suele expresarse en idiomas distintos. Algunas personas aman con palabras, pero otras con acciones. Unos se sienten amados con tiempo, mientras que otros, con cuidado. Esa diferencia no es un problema en sí misma, pero se vuelve un problema cuando el corazón interpreta el gesto del otro con desconfianza o lo pasa por alto. Por eso una relación de pareja o de amistad siempre será mejor cuando cada uno aprende a ver el amor que el otro sí está dando, en vez de fijarse en lo que no; lo cual muchas veces conlleva al error de comparar al otro con uno mismo.
Amar también es aprender a observar. A veces el afecto viene envuelto en detalles que no se parecen a los nuestros, pero que sostienen igual. Una persona llega cansada y aun así prepara algo en casa. Otra pregunta por tu día aunque no sea buena con discursos. Otra trabaja por mantener una estabilidad emocional aunque a veces le cueste expresar ternura.
Sea como fuere, la Biblia lo dice de una manera fuerte y hermosa: “Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de faltas” (1 Pedro 4:8). Ese amor ferviente tiene una marca clara: una mirada generosa. Se inclina hacia la gracia. Prefiere comprender antes que acusar. Busca el sentido detrás del gesto.
El amor crece cuando la pareja conversa con madurez. Las suposiciones desgastan, mientras que la claridad fortalece. Decir con respeto “Esto me hace bien” o “Me siento amado cuando pasa esto” guía la relación hacia un lugar más seguro. Sin embargo, es importante tomar en cuenta que una conversación así no nace del reclamo, sino del cuidado mutuo. Pone luz sobre lo que cada uno necesita. Permite que el otro ame mejor, con mayor precisión y con mayor intencionalidad. La cercanía también se cultiva con palabras simples, honestas y oportunas.
Las relaciones se vuelven más sanas cuando cambian de dinámica. Esa absurda competencia por “quién da más” al final termina siendo agotadora para ambos. En cambio, dos personas que se aprenden, que se ajustan y que se tratan con paciencia construyen algo que resiste. El amor se forma y se pule. Se profundiza. Y en ese proceso, reconocer el lenguaje del otro es una manera de honrarlo.
Cuando una pareja aprende a identificar el amor en el idioma del otro, cambia la atmósfera de la relación. La frustración baja y la gratitud sube. El corazón se siente respaldado y la relación respira.
Febrero termina, pero el amor sigue su camino. Y una de las decisiones más sabias que puedes tomar por tu relación es esta: mirar con más atención, hablar con más claridad y valorar el amor que está ahí aunque a veces se te dificulte verlo.