Cuando los hijos son pequeños, gran parte de la relación gira alrededor de acompañarlos, enseñarles, cuidarlos y ayudarles a tomar las decisiones que todavía están aprendiendo a manejar.
Pero los hijos crecen.
Y llega una etapa en la que ya no solamente los estás formando. También empiezas a conocer a la persona en la que se convirtieron.
Puedes conversar con ellos de otras cosas, conocer sus opiniones, escuchar lo que han aprendido, compartir intereses y descubrir que tienen una manera propia de ver la vida.
Eso me parece muy bonito de los hijos adultos.
Durante años los padres enseñamos muchas cosas, pero después también podemos aprender de ellos. Sus experiencias, sus decisiones y hasta las diferencias de pensamiento pueden abrir conversaciones que antes no eran posibles.
La relación cambia porque ya no todo depende de que papá o mamá diga qué hacer.
Hay más espacio para conversar.
Y creo que eso también requiere aprender a escuchar de otra manera. No siempre tenemos que estar buscando qué corregir o qué aconsejar. Hay conversaciones que simplemente podemos disfrutar.
La Biblia dice:
(Eclesiastés 3:1).
Hay un tiempo para cuidar cada detalle y otro para sentarse a compartir la vida desde un lugar diferente.
Como padres, podemos disfrutar ver qué les interesa, qué están construyendo, qué decisiones están tomando y cómo están enfrentando sus propias responsabilidades.
Eso también es fruto de todo lo que se sembró durante tantos años.
Los hijos adultos siguen necesitando amor, pero la relación puede tener una nueva profundidad.
Ya no se trata solamente de lo que podemos enseñarles.


