Cuando uno se casa, no solamente empieza una vida con la persona que escogió. También conoce una familia que tiene su propia historia, sus costumbres, sus formas de hablar, de celebrar, de resolver las cosas y de demostrar cariño.
Y es importante tener conciencia de eso desde el principio.
Cada uno llega al matrimonio con lo que aprendió en su casa. La manera en que nos enseñaron a comunicarnos, a manejar los problemas, a recibir visitas, a celebrar, a cuidar a los demás e incluso a demostrar amor.
Por eso es normal encontrar diferencias.
Quizá en tu familia acostumbraban hablar de todo y en la de tu esposo son más reservados. Tal vez para ti ciertas reuniones familiares son muy importantes y para ellos no tienen el mismo significado. Puede haber distintas maneras de organizarse, de expresar cariño o de tomar decisiones.
Conocer esas diferencias ayuda mucho.
Porque si esperamos que la familia de nuestro esposo funcione exactamente como la nuestra, podemos terminar interpretando como rechazo algo que simplemente es una forma diferente de relacionarse.
Creo que también hay que aprender a respetar.
Amar a la familia de nuestro esposo no significa que tengamos que hacer todo como ellos, ni que dejemos de tener nuestros propios límites. Significa aprender a convivir, conocerlos y encontrar una manera sana de relacionarnos.
Y hay algo que me parece todavía más importante: el matrimonio no está llamado a copiar ninguna de las dos familias.
Con el tiempo, ustedes van construyendo una nueva.
Eso también es parte de formar un hogar.
La Biblia dice:
(Génesis 2:24).
Hay una nueva unidad que se está formando.
Y creo que entenderlo desde el principio ayuda a vivir las diferencias con más paciencia. No se trata de escoger qué familia tiene la razón.
Se trata de conocer de dónde viene cada uno y, a partir de ahí, construir juntos la familia que ahora les corresponde formar.


