Hay oraciones que hacemos una vez y hay otras que repetimos durante meses, incluso años.
Creo que cuando llevamos mucho tiempo pidiendo lo mismo es normal preguntarnos:
Para mí, seguir orando nunca está de más. La oración mantiene nuestro corazón cerca de Dios y nos permite seguir poniendo delante de Él aquello que realmente nos importa.
El problema puede aparecer cuando ya decidimos exactamente cómo tendría que verse la respuesta.
Podemos pedir por una persona, una situación familiar, una oportunidad, una necesidad económica o algo relacionado con nuestra salud. Tenemos una idea bastante clara de lo que queremos que suceda y comenzamos a esperar que Dios responda dentro de ese mismo escenario.
Pero mientras oramos, también necesitamos dejar espacio para escuchar.
Santiago 1:5 dice que, si necesitamos sabiduría, podemos pedírsela a Dios. Y creo que hay momentos en los que nuestra oración necesita incluir justamente eso:
Podemos seguir presentando nuestra petición y, al mismo tiempo, preguntarle si hay algo que necesitamos ver diferente.
Tal vez la respuesta requiere tiempo. Quizá hay una decisión que nos corresponde tomar. Puede haber algo que Dios está trabajando en nosotros mientras esperamos. Y en ocasiones la respuesta termina llegando de una manera que no habíamos considerado.
Eso no significa dejar de creer.
Significa aprender a confiar en Dios más allá de la forma específica en la que imaginamos la solución.
Pablo cuenta que le pidió varias veces al Señor que quitara algo que le estaba afectando. La respuesta que recibió fue distinta de la que esperaba:
(2 Corintios 12:9).
Él pidió que la situación cambiara y Dios le mostró cómo caminar en medio de ella.
Eso me hace pensar que podemos insistir en oración con mucha libertad, pero también con un corazón dispuesto a recibir dirección.
Hay algo muy sano en decirle a Dios exactamente lo que queremos. Él conoce nuestro corazón de todos modos. Podemos hablar con sinceridad, pedir, llorar, insistir y volver a pedir.
Y mientras lo hacemos, también podemos decir:
Porque hay momentos en los que seguimos esperando que Dios haga una cosa, mientras Él ya está trabajando de otra manera.
Cositas muy mías
He tenido temporadas en las que he orado mucho por mis hijos.
Hay decisiones, etapas y situaciones en las que como mamá quisiera saber exactamente qué hacer. Mi esposo y yo hemos tenido que pedirle a Dios sabiduría para hablar, corregir, acompañar y saber cuándo intervenir.
Y también he vivido situaciones de salud donde llega un momento en que uno reconoce que ya hizo lo que estaba en sus manos.
Ahí mi oración cambia.
He aprendido a decirle a Dios:
Eso me da descanso.
No porque deje de pedir, sino porque recuerdo en manos de quién estoy poniendo aquello por lo que estoy orando.


