¿Y si me cuesta pedir?

¿Y si me cuesta pedir?

A veces podemos resolver por todos y quedarnos en silencio cuando somos nosotros los que necesitamos algo.

Creo que cuando uno se acostumbra a ayudar, a estar pendiente y a buscar soluciones a todo, pedir cuesta. A mí me ha pasado.

Me gusta ayudar y, cuando puedo resolver algo, lo hago. Pero he aprendido que hay momentos donde necesito decir con claridad:

“Ayúdame con esto”.

A veces queremos que los demás se den cuenta de lo que necesitamos sin tener que decirlo. En la casa, en el trabajo, con las personas cercanas. Esperamos que alguien vea que estamos cansados, que necesitamos apoyo o que algo podría hacerse diferente.

Pero la otra persona no siempre lo sabe. Creo que por eso necesitamos aprender a hablar más claro.


Pedir ayuda, preguntar por una oportunidad, expresar una necesidad e incluso hablar de algo que consideramos justo en nuestro trabajo. Sin sentir que por hacerlo estamos exigiendo demasiado.

Y hay otra cosa: no asumir la respuesta antes de preguntar.

Podemos pasar días pensando:

“Seguro me van a decir que no”, cuando nadie nos ha dicho nada todavía.

Nos contestamos solos y cerramos una puerta que ni siquiera intentamos tocar.

La Biblia dice que debemos ayudarnos a llevar las cargas unos de otros. Para mí eso tiene mucho sentido porque hay temporadas donde nosotros podemos sostener a alguien y hay otras donde necesitamos permitir que alguien nos sostenga un poco.


Eso requiere humildad.

He tenido que aprender que reconocer una necesidad no me hace menos capaz. Tampoco significa dejar mis responsabilidades en manos de otros. Significa saber qué me corresponde hacer y reconocer cuándo alguien puede ayudarme a hacerlo mejor.

Quizá hay algo que llevas tiempo necesitando y todavía no lo has expresado.


Puede ser ayuda, una conversación, una oportunidad o simplemente un poco de apoyo.

Cositas muy mías

He tenido días donde vengo de estar pendiente de muchas personas, resolviendo problemas, buscando soluciones y tratando de que todo siga caminando. Después llego a algo que me corresponde a mí y ya estoy cansada.

Antes me costaba mucho detenerme y pedir apoyo.

Con el tiempo he aprendido que también puedo apoyarme en las personas que tengo cerca. Hay días en los que tengo muchas cosas en la cabeza y necesito decir:

“Ayúdame un poquito con esto para poder enfocarme”.


Eso me ha ayudado muchísimo.

Porque descubrí que pedir ayuda no significa que alguien haga lo que me corresponde. A veces solamente necesito que me ayuden a quitar un poco de ruido para poder hacer bien mi parte.


Y he aprendido algo más: no puedo resolverle todo a todos.

Puedo acompañar, orar, ayudar y estar disponible. Pero hay cosas que no están en mis manos.


Reconocerlo me ha hecho pedir más ayuda y cargar un poco menos.