A veces perdemos oportunidades, y no porque alguien nos las quite.
Lo hacemos cuando pensamos que no vamos a poder, cuando sentimos que algo es demasiado bueno para nosotros o cuando imaginamos el rechazo antes de siquiera intentarlo.
Y eso puede empezar mucho antes de lo que creemos.
Una joven puede pensar que una carrera universitaria está fuera de su alcance. Alguien puede aceptar una relación que no le hace bien porque, en el fondo, cree que no puede aspirar a algo diferente. Otra persona recibe una oportunidad de trabajo y, en lugar de alegrarse, empieza a preguntarse cuánto tardarán los demás en descubrir que quizá no tiene la capacidad que creen.
En los estudios, el trabajo o nuestros logros, esa inseguridad puede aparecer como lo que hoy conocemos como síndrome del impostor.
Llegamos a un lugar por esfuerzo, disciplina, preparación y decisiones que hemos tomado, pero cuando algo bueno sucede nos cuesta reconocer nuestra parte. Pensamos que fue suerte, que alguien se equivocó al escogernos o que tarde o temprano vamos a fallar.
Y entonces aparece el autosabotaje.
Nos retiramos antes de participar. Rechazamos una oportunidad. Bajamos nuestras propias expectativas. Nos hacemos menos para sentirnos más seguros.
El miedo sabe anticiparse.
Puede hacernos sentir el dolor de un fracaso que todavía no existe, el rechazo de alguien que todavía no ha hablado o la crítica de personas que quizá ni siquiera están pensando en nosotros.
Por eso me parece importante ampliar lo que significa ganar. Ganar no es solamente tener más dinero o quedar en primer lugar.
Hay ganancia cuando terminamos algo que durante años creímos imposible. Cuando recuperamos nuestra salud. Cuando vencemos un temor. Cuando aprendemos a poner un límite. Cuando desarrollamos disciplina. Cuando construimos una relación sana. Cuando volvemos a tener paz.
Incluso podemos estar ganando mientras todavía estamos en proceso.
En nuestra vida espiritual sucede algo parecido.
He visto personas que aman a Dios, tienen algo valioso para compartir y aun así sienten que su pasado las descalifica. Recuerdan quiénes fueron, decisiones que tomaron o etapas que vivieron, y cuando llega el momento de hablar de Dios, servir o desarrollar un don, aparece esa voz:
Pero precisamente ahí hay una historia que contar.
Si Dios transformó tu vida, hablar de lo que Él hizo no requiere que tengas un pasado perfecto.
Tal vez tienes nervios. Tal vez hablar frente a otros todavía te asusta. Tal vez durante muchos años fuiste la persona callada, tímida o la que pensaba que nunca podría hacerlo.
Para mí, eso también es ganar. Es poder decir: tuve miedo y aun así avancé.
La Biblia nos recuerda que nuestra vida puede ser transformada por Dios. Él toma nuestra historia, trabaja en nuestro carácter y nos permite crecer de maneras que quizá antes no imaginábamos.
Desde ahí podemos aprender a recibir las demás cosas buenas sin sentir que tenemos que disculparnos por ellas.
A veces Dios ya nos ha permitido llegar a una oportunidad, pero seguimos dudando de si realmente deberíamos estar ahí. Lo difícil puede ser aceptar que también podemos recibir algo bueno y avanzar con ello.
Cositas muy mías
Algo que he aprendido es que los nervios no siempre significan que debo detenerme.
Puedo sentir miedo y aun así reconocer que tengo delante una oportunidad buena.
Hay ocasiones en las que necesito prepararme más, pedir ayuda o aprender algo nuevo. Y hay otras donde reconozco que ya tengo herramientas y que lo que me está deteniendo es esa voz que insiste en hacerme sentir menos.
En esos momentos prefiero llevar ese temor delante de Dios.


