Convierte la preocupación en intercesión

Convierte la preocupación en intercesión

Hay decisiones que despiertan preguntas profundas en el corazón.

Decisiones sobre la familia, los hijos, el trabajo, el matrimonio o el futuro. Momentos donde una quisiera tener claridad inmediata, saber exactamente qué hacer y no equivocarse. Pero muchas veces, antes de tener una respuesta, lo primero que aparece es la preocupación.


Y eso no nos hace débiles. Nos hace humanas.

El problema empieza cuando la preocupación ocupa el lugar de la oración. Cuando pensamos tanto en lo que podría salir mal, que dejamos de llevarle a Dios lo que está pasando dentro de nosotras.


La preocupación nos encierra en nuestros pensamientos. La intercesión nos lleva delante de Dios.

Interceder no es solamente repetir palabras. Es presentarnos delante del Señor con un corazón sincero, reconociendo que necesitamos dirección, sabiduría y paz. Es dejar de cargar solas lo que nunca fuimos llamadas a resolver sin Él.

Filipenses 4:6 nos recuerda que podemos presentar nuestras peticiones delante de Dios en oración. Y Santiago 1:5 nos enseña que, cuando necesitamos sabiduría, podemos pedirla a Dios.

Por eso, cuando una mujer ora, pero todavía siente miedo de equivocarse, creo que puede recordar tres cosas.

Primero, puede entregarle sus cargas a Dios en oración. No se trata de ignorar la preocupación ni de intentar controlar el futuro con ansiedad. Se trata de llevar activamente delante del Señor lo que pesa, lo que no entiende y lo que no puede resolver sola.

Segundo, puede confiar más en el carácter de Dios que en lo que siente en el momento. Las emociones cambian, pero Dios permanece fiel. Cuando el temor se levanta, necesitamos volver a lo que sabemos de Él: que cuida, que guía, que escucha y que no abandona.

Tercero, puede buscar la voluntad de Dios con un corazón dispuesto. A veces oramos buscando una respuesta rápida, pero Dios también quiere llevarnos a Su presencia para darnos consuelo, fe y esperanza. No siempre se trata solo de saber qué hacer; también se trata de aprender a descansar en Él mientras nos guía.

Y aquí pienso en Ana.

Ella no llegó delante de Dios con una oración perfecta. Llegó con el corazón quebrantado, con tristeza, con angustia, derramando lo que llevaba por dentro. Eso nos recuerda que Dios no espera perfección en nuestra manera de orar. Él recibe un corazón honesto y humilde.

A veces el temor se disfraza de perfección. Queremos tener todas las respuestas, estar completamente seguras y no cometer ningún error. Pero cuando esperamos una seguridad perfecta, podemos terminar paralizadas.


La fe no siempre se ve como ausencia de temor. A veces se ve como la decisión de no dejar que el temor gobierne.

Tal vez esta semana hay algo que te preocupa más de lo que has dicho. Una decisión que has pensado demasiado, una conversación pendiente, una respuesta que quisieras tener o una etapa que te está pidiendo sabiduría.

No tienes que convertir esa preocupación en ansiedad.
Puedes convertirla en oración.

Puedes llevar delante de Dios tus preguntas, tus temores, tu familia, tus planes y también tu deseo de hacerlo bien. Y mientras oras, puedes pedirle no solo que te muestre qué hacer, sino que te enseñe a descansar en Él mientras llega la respuesta.


Porque decidir con Dios no siempre significa saberlo todo. Muchas veces significa confiar en que Él sí sabe cómo guiarnos.

Cositas muy mías

He vivido temporadas donde la oración por mis hijos me ha llevado a depender de Dios de una forma más profunda.

Como mamá, una quisiera tener siempre la palabra correcta, la respuesta correcta y la manera correcta de abordar cada situación. Gracias a Dios, también he podido caminar muchas de esas etapas junto a mi esposo, buscando juntos sabiduría para nuestra familia. Pero aun así, hay momentos donde los hijos toman decisiones, atraviesan etapas o enfrentan temas que una no sabe exactamente cómo tratar.

En esos momentos, he tenido que pedirle a Dios sabiduría. Sabiduría para corregir sin herir, para hablar sin imponer, para acompañar sin controlar y para entender cuándo debía intervenir y cuándo debía confiar.

También he vivido momentos donde la preocupación no tenía que ver con una decisión que yo podía tomar, sino con situaciones de salud, con procesos donde mi corazón de madre quería hacer algo, pero no todo estaba en mis manos.

Ahí la oración deja de ser solo una petición. Se vuelve descanso. Se vuelve entrega. Se vuelve esa forma de decirle a Dios: “Señor, yo los amo, pero Tú los amas más que yo. Yo los cuido hasta donde puedo, pero Tú los sostienes donde yo no alcanzo”.

Eso me ha enseñado enseñado que interceder por los hijos no siempre significa tener el control de lo que va a pasar. A veces significa ponerlos en las manos de Dios una y otra vez, mientras Él también trabaja en mi corazón.