
Febrero suele venir cargado de mensajes acerca del amor, celebración y relaciones ideales. En redes sociales, en vitrinas y en conversaciones parece que todo gira alrededor de parejas felices y vínculos perfectos; pero la realidad es que este mes no se vive igual para todos.
Para algunos, febrero es motivo de alegría. Para otros, es un recordatorio silencioso de una relación que cambió, de una expectativa que no se cumplió o de un proceso emocional que aún está en marcha. Y tranquilo: reconocer eso no es falta de fe, sino honestidad. No todos llegan a este mes sintiendo lo mismo y Dios no espera que finjas una emoción que no estás sintiendo.
Muchas veces el dolor no viene de la ausencia de amor, sino de las ideas irreales que tenemos sobre él. Esperamos que el amor sane todo, llene todo y resuelva todo; y cuando no lo hace, aparece la frustración.
El amor humano es limitado. Puede fallar, cansarse y confundirse. Y cuando eso sucede, no significa que Dios se haya equivocado contigo ni que algo esté mal en tu vida. Significa que el amor, tal como lo vivimos aquí, necesita ser aprendido y madurado. Dios no promete relaciones perfectas, pero sí promete Su presencia constante en medio de cada proceso.
El amor de Dios no se mide por temporadas ni celebraciones. No aumenta en febrero ni disminuye cuando las cosas no salen como esperabas. Él ama con constancia, con paciencia y con verdad.
Cuando el amor humano decepciona, Dios no se aleja. Él se acerca para sanar, ordenar y enseñar. Su amor no compite, no presiona ni abandona. Su amor permanece.
La Biblia en 1 Corintios 13:7 lo describe así: “El amor todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo resiste”. Ese amor no es ingenuo ni superficial. Es firme, profundo y capaz de sostener aun cuando el corazón está cansado.
No todas las historias de amor terminan como soñábamos, pero todas pueden enseñarnos algo. Amar implica aprender a comunicar, a poner límites, a perdonar y, en algunos casos, a soltar. Dios no desperdicia ninguna experiencia cuando se la entregamos. Incluso los momentos de desilusión pueden convertirse en espacios de crecimiento y sanidad. A veces lo que no funcionó no fue un fracaso, sino una lección necesaria para prepararnos para relaciones más sanas.
Por eso febrero no tiene que ser un mes de comparación ni de presión. Puede ser un mes para reordenar el corazón y recordar que el amor más fiel ya te fue entregado.
Si este mes no se siente como imaginabas, no te juzgues. No estás atrasado ni incompleto. Estás viviendo un proceso y Dios sigue contigo en él.
El amor verdadero no siempre se siente intenso, pero siempre sostiene. Y cuando el amor de Dios es el centro, incluso las temporadas incómodas pueden convertirse en tiempos de sanidad, claridad y esperanza.
Cuando sientas que el amor no se siente como lo esperabas, recuerda que Dios sigue amándote más de lo que imaginas.